Transmitir un agua sana a las generaciones futuras
 

En nuestro “planeta azul” existe una paradoja: el agua dulce es un recurso abundante, pero poco accesible. El 97,5% del volumen de agua de la tierra procede de los mares y los océanos. Obviamente, esta agua salada es impropia para el consumo directo. El 2,5% restante está congelado y se presenta en forma de témpanos de hielo o de glaciares.

Consecuencia: para satisfacer todas sus necesidades, el hombre sólo dispone del 1% de la masa de agua existente en la tierra.

El agua también es un recurso renovable. Su volumen total en el planeta se estima en 1.400 millones de km3 y prácticamente no varía. En cambio, el agua circula entre las tierras emergidas, los océanos y la atmósfera en lo que se conoce con el nombre de ciclo de agua, pasando alternativamente del estado líquido al estado de vapor. Cada año, se reciclan así cerca de 577.000 km3 de agua.

Una repartición desigual frente a una demanda cada vez mayor
El agua dulce está repartida de forma desigual en la tierra, con enormes disparidades entre la población y los recursos: 9 países se reparten el 60% de los recursos disponibles.

Algunos países, con frecuencia en vías de desarrollo, sufren penurias tanto más graves si consideramos que el crecimiento rápido de su población aumenta simultáneamente las necesidades de agua para beber, pero también de agua para regar los cultivos destinados a la alimentación. Actualmente, el 25% de la población mundial vive en países en situación de estrés hídrico, con recursos de agua dulce anuales inferiores a 1.700 m3 por persona (lo que corresponde a la cuarta parte del volumen medio de agua dulce disponible por habitante en el mundo). 

Aunque es constante, la cantidad de agua disponible en la tierra debe hacer frente a una demanda cada vez mayor. En los próximos veinte años, las necesidades de agua seguirán aumentando simultáneamente al crecimiento de la población y al desarrollo industrial. El volumen de agua disponible por persona, que se ha reducido ya en un 50% en cincuenta años debido al aumento de la demanda, podría caer a 5.100 m3 en 2025 frente a 7.300 m3 actualmente. Por consiguiente, las disparidades de repartición de los recursos hídricos se están agravando.
Paralelamente a esta evolución demográfica y económica, la contaminación –de origen urbano, industrial o agrícola– sigue teniendo un impacto duradero en la cantidad y la calidad del agua dulce.

Por tanto, con el fin de garantizar su viabilidad a largo plazo, todos debemos proteger y gestionar con esmero el agua dulce, recurso esencial para la vida.